Uno de los paseos que más disfruté durante mi estadía en Madrid, fue el Paseo del Prado. Paseo que hice sola, en compañía de mi hermano, y en compañía de un amigo. Los tres fueron deliciosos.
Es amplio y todo verde.
Puedes caminar con tranquilidad y conversar de la vida, o bien abstraerte contemplando como la naturaleza se integra armónicamente en la ciudad, conviviendo con edificios históricos, con los autos que circulan por los costados, con las luces y la señalética urbana, etc. (escuchando música bonita). Y repetir la caminata a diferentes horas y disfrutar de como la luz va coloreando todo de manera particular cada vez, haciendo de cada recorrido uno completamente nuevo y diferente.
En los alrededores del paseo del Prado, hay museos que concentran importantes colecciones de pintura representativas de diferentes épocas y movimientos del arte universal. Por lo mismo, para alguien que aprecia el arte y la estética es imprescindible estando por ahí, visitar el
Museo del Prado, el
Thyssen-Bornemisza y el
Reina Sofía.
Así que programé religiosamente mi visita a esos museos, y vi obras que me emocionaron, otras que me dejaron intrigada, otras sorprendida, otras también indiferente (por qué no decirlo); pero también ya confundida con la contemplación de tantas tantas imágenes potentes, en un lapso de tiempo tan breve, me quedé con la pregunta de ¿por qué uno visita los museos?, ¿por qué existen?
Sí, pueden sonar un poco idiotas mis preguntas, pero sencillamente nunca antes me lo había planteado, y todavía no tengo una respuesta. No es sólo por definir, no es sólo por conceptualizar, si no por encontrarle sentido a algo que lo pierde, después de ver tantas imágenes.
Es decir estas instituciones conservan y exponen colecciones de arte (digamos estas en particular, por que hay otros museos destinados a otros ámbitos de la vida humana), para estudiarlas, para educar, qué se yo. Y en ese sentido es importante que existan lugares dónde se concentren estos trabajos, estas creaciones, pero a la vez es raro, o al menos a mí me produce una sensación de extrañeza. Mientras circulaba por sus salas, con los ojos y el alma abiertísimos, también no podía dejar de pensar que esas obras que yo estaba contemplando, fueron en algún momento una necesidad de expresar algo, una especulación plástica, o una búsqueda muy personal de otro ser humano, que probablemente quería sentirse vivo en ese momento, y tal vez no se planteó nunca que esa manifestación quedaría encerrada en una sala, catalogada y protegida con cierta temperatura y luz.
No sé si me explico, por que estoy enredada, pero ese distanciamiento me producía una sensación rarísima. No sé, por ejemplo ver en el Reina Sofía un Wifredo Lam (cachen uso el nombre del autor para nombrar una obra suya cuyo nombre no recuerdo, soy de lo peor), ahí en una sala silenciosa, con atmósfera de templo, de emociones contenidas, y en contraste imaginarlo enfrentado a los materiales, a los colores desesperado buscando, moviéndose con una fuerza salvaje, animal, para plasmar sus fantasmogorías.
Es raro, pero por otro lado es importante que estén ahí, para que puedan acceder a ellos mucha gente y que no se pierdan en colecciones privadas, familiares. Por que para qué vamos a hablar de los coleccionistas de arte, y del concepto de arte, qué es arte y qué no, quién le adjudica valor a una manifestación que es tan personal, etc. Eso ya sería entrar en una reflexión para la que no me da el cerebro esta mañana (y no sé si alguna otra para ser sincera).
Creo que va por ahí lo extraño, pero ese ambiente de templo, más sacro y más silencioso, grave y categórico que una catedral gótica. Supongo que eso me chocó.
Por otro lado, esto ya no tiene que ver con las instituciones mismas, si no con mi ambiciosa pretensión de aprovechar al máximo el tiempo, son colecciones tan completas, que es de suicida creer que se pueden ver completas en una tarde, o en un día.
Por lo que recomendaría de todas maneras visitarlas, pero con ene tiempo, o llendo a buscar algo específico, de lo contrario tanto estimulo visual, emotivo y conceptual, uno, tras otro, yuxtapuestos, pueden generar serios daños a la salud (ja, ja, ja) eso es broma, pero la recomendación era en serio.
En el Prado yo estaba buscando en particular las majas de Francisco de Goya, y en el camino me encontré con "Saturno devorando a sus hijos", del mismo autor pero tan diferente a mis ojos (lo entendidos en arte están en todo su derecho de contradecirme), que me impactó tanto por su ira, por su poder, por su crudeza, tanto más grandes al verla de verdad en sus reales dimensiones y no en una página de la Historia del Arte de Gombrich (mención aparte que es un gran libro pero que sigue valiendo muy caro a pesar de estar descontinuado). No encontré nada mejor que comprarme después la postal que la reproduce, y enviársela con palabras afectuosas a mi padre por correo convencional (cosa que a mi mamá le pareció de pésimo gusto). En el Prado hay de todo, pero creo que lo más representativo son los maestros españoles: Greco, Velásquez y Goya.
En este mismo museo me llamaron la atención tantas otras obras que sería de nunca acabar, empezar a mencionarlas, sólo decir que El jardín de las Delicias, o La pintura del madroño" de El Bosco (justo unos detalles acá abajo) es de una imaginería riquísima e impresionante, sumamente moderno (no quiero usar la palabra vanguardista que siempre trae tantos problemas) a pesar de ser del 1500. El deleite y la festividad en que humanos y animales comparten frutas y sus cuerpos en una orgía armónica y multitudinaria, y por otra parte los martirios a los que se someten los pecadores son de verdad impactantes. Esos hombres cabeza de pájaro, que devoran humanos, ya los conocía yo de mis más vivas pesadillas, y de los afiches de mis diseñadores favoritos: los angustiados polacos. (y todo esto, es decir mis pesadillas, y los polacos, son mjuy posteriores, es mágico ver como las imágenes y las ideas existen por sí mismas y buscan como materializarse). Y cómo todos nos vamos llenando de referentes sin percibirlo, como respirar.
En el Reina Sofía, aparte del Lam que ya menciné, mucho Dalí, Miró (lo dejo para después, su fundación y museo en Barcelona) y Picasso, particularmente embobada con:
- Los "Pájaros Rojos" de Max Ernst (a quién amé desde que conocí mucho tiempo atrás su novela surrealista en collage "Une Semaine de Bonté", tenebroso libro que por fin tengo)

-El "Objeto indestructible" de Man Ray, que no sé si será indestructible a la eternidad, pero ya lleva sus buenos años desde 1923. ¡ Que tipo más brillante !

- El "Guernica" de Pablo Picasso, tan lleno de ira y repleto de gritos, pero con ciertas luces, con una esperanza forzosa, desesperada.

Pucha en realidad podría seguir todo el día.
En el Thyssen, ufff ... Klee, Gaugin, Kandinsky, Gris, Degas, tantos otros, (pasando antes por todo un recorrido histórico, desde los primitivos italianos hasta el impresionismo) como que no podía creerlo, y sorprenderme con George Grosz a quién no conocía y me cautivó con sus ciudades bullentes, llenas de vida y locura. Como su "Metrópolis"

De verdad que en este museo en particular perdí la razón, ya estaba mareada con tanto sobre estímulo maravilloso, mientras escribo me viene como ráfagas y me acuerdo también de Mondrian, Lichtenstein, Van Gogh, Monet, uf, no una locura de verdad.
Ya, dejando de lado lo maravilloso, debo mencionar dos cosas que no entiendo, y una de ellas que especialmente me descompone :
- Las tiendas de los museos (lo sé que contradicción si me compré la postal de "Saturno devorando a sus hijos"y la libreta con la imagen de El Jardín de Las Delicias), pero mucha gente desesperada peleando por una cartera o por un tazón con una obra impresa, con una creación convertida en objeto de consumo, esto sí que es rarísimo. Y la gente como enajenada, como que si fueran a morir si no compran la polera con la imagen del Guernica, hasta chocolates con imágenes, todos crazy, si después el papel del chocolate, con el retrato de Durero se va a la basura ... ???? no comprendo.
- Los pelotudos que fotografían las salas y las obras a pesar de estar estrictamente prohibido, (para su conservación e imagino también por un tema de derechos de autor), y más encima los cara de raja (me puse ordinaria pero es que me desquician) con flash y todo. ¿Para qué?, si sacando fotos apurados, a la mala, y con luz moderada, es muy probable que les salgan movidas, desenfocadas o oscuras, en ese caso mejor comprarse la postal o el afiche (y recién entonces como que se me justifica un poco la tienda).
Eso, eliminando estos dos detalles, en particular a los pelotudos disparadores de fotos, la visita de estos museos, y la caminata por el Paseo del Prado son un regalo, un privilegio.
P.D: Mis disculpas por repetir tantas veces la palabra maravilloso, pero este mediodía estoy carente de sinónimos que me permitan expresar una sensación y admiración equivalente.