Sol-Pasto-Cortázar-Mar-Gitana-Cortázar.

La tarde del domingo fue deliciosa, la pasé sobre el pasto en una plaza de viña del mar (con el murmullo del mar de fondo), coqueteando con el sol. Lo buscaba a ratos para que acariciara mi espalda y me escondía a otros para que sus rayos no lastimaran mis ojitos y mi excesivamente delicada piel. Sentada para un lado, para el otro, de guata, de espaldas, mirando entremedio de las hojas ... hasta que encontré el ángulo perfecto, en que espalda y ojos estaban conformes.
Como si todo esto fuera poco, el pasto me producía un cosquilleo ligero en las piernas, un hormigueo lentito, juguetón, mientras mi mente y mi corazón se alegraban leyendo a Julio Cortázar que una vez más con sus juegos de palabra, lucidez, y sentido del humor, me revelaba cosas trascendetes y me sacaba carcajadas (a cada rato).
Mientras yo disfrutaba la solitraria sencillez de la tarde, extasiada entre la naturaleza y la literatura, mis compañeros del fin de semana estaban enviciados gastando lo que les quedaba en fichas de diferentes montos el casino, lugar en dónde la única vez que entré (años atrás) me aburrí como ostra.
Así transcurrió toda la tarde y me leí "Un tal Lucas" completo. Lo había comprado en la mañana en la librería Crisis de Valparaíso (Av. Pedro Montt 2871 / excelente librería).
A ratos cuando mi cabecita ya no daba más (por que Cortázar es juguetón pero te dice unas cosas bien certeras / atroces que hay que procesar de a poco), me paraba a dar una vuelta por esa plaza que en la infancia recorría en autitos de lata enanos para niños, esos en donde tu a tus inocentes 4 años crees manejar, mientras tu madre o padre te dirijen por los caminos que ellos consideran apropiados. Entonces entremedio de algunos capítulos me levantaba, me ponía a caminar y me acercaba al mar para guardar un pedacito suyo adentro mío y traérmelo para que me acompañe durante toda la semana.
El mar ayer estaba más mágico que nunca y así me la pasé entre mar, pasto, sol y Cortázar.
Una gitana se acercó y me dijo que yo era tan linda, pero tan linda, que parecía gitana (esa es nueva, todas las demás que me dijo ya se las conocía de hecho a ella ya la he visto demasiadas veces y siempre insiste a ver si algún día caigo), y acto seguido me empezó a decir que tenía un daño, que me habían hecho un mal, etc, bla, blá, blá, etc.
Antes de que siguiera, yo le dije "¿Qué pasa amiga?, yo estoy acá disfrutando de la tarde, te recibo con buena onda, no como todos los demás que te han hecho el quite, te sonrío y tu me vienes a decir puras cosas malas, ¿pretendes hecharme puras desgracias encima?. No me parece, yo en realidad estoy súper bien, súper feliz".
Entonces ella se muere de la risa y me dice: Ya oh, si te va a ir todo bien, lo sabes.
Nos reímos un rato y me pide que le lea algo de lo que estoy leyendo. Elijo "Cómo se pasa al lado"
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Cómo se pasa al lado
Los descubrimientos importantes se hacen en las circunstancias y los lugares más insólitos. La manzana de Newton, mire si no es cosa de pasmarse. A mí me ocurrió que en mitad de una reunión de negocios pensé sin saber por qué en los gatos - que no tenían nada que ver con el orden del día - y descubrí bruscamente que los gatos son teléfonos. Así no más, como siempre las cosas geniales.
Desde luego un descubrimiento parecido sucita una cierta sorpresa, puesto que nadie está habituado a que los teléfonos vayan y vengan y sobre todo que beban leche y que adoren el pescado.
Lleva su tiempo comprender que se trata de teléfonos especiales, como los walkies-talkies, que no tienen cables y además que también nosotros somos especiales en el sentido de que hasta ahora no habíamos comprendido que los gatos eran teléfonos y que por lo tanto no se nos había ocurrido utilizarlos.
Dado que esta negligencia remonta a la más alta antiguedad, poco puede esperarse de las comunicaciones que logremos establecer a partir de mi descubrimiento, pues resulta evidente la falta de un código que nos permita comprender los mensajes, su priocedencia y la índole de quienes nos los envían.
No se trata, como ya se habrá advertido, de descolgar un tubo inexistente para discar un número que nada tiene que ver con nuestras cifras, y mucho menos comprender lo que desde el otro lado puedan estar diciéndonos con algún motivo igualmente confuso. Que el teléfono funciona, todo gato lo prueba con una honradez mal retribuida por parte de los abonados bípedos; nadie negará que su teléfono negro, blanco, barcino, o angora llega a cada momento con un aire decidido, se detiene a los pies del abonado y produce un mensaje que nuestra liteartura primariay patética translitera estúpidamente en forma de miau y otros fonemas parecidos. Verbos sedosos, afelpados adjetivos, oraciones simples y compuestas pero siempre jabonosas y glicerinadas forman un discurso que en algunos casos se relacionan con el hambre, en cuya oportunidad el teléfono no es nada más que un gato, pero otras veces se expresa con absoluta prescindencia de su persona, lo que prueba que un gato es un teléfono.
Torpes y pretenciosos, hemos dejado pasar milenios, sin responder a las llamadas, sin preguntarnos de dónde venían, quienes estában del otro lado de esa línea que una cola trémula se hartó de mostrarnos en cualquier casa del mundo. ¿De qué me sirve y nos sirve mi descubrimiento? Todo gato es un teléfono pero todo hombre es un pobre hombre. Vaya a saber lo que siguen diciéndonos, los caminos que nos muestran; por mi parte solo he sido capaz de discar en mi teléfono ordinario el número de la universidad para la cual trabajo y anunciar casi avergonzadamente mi descubrimiento. Parece inútil mencionar el silencio de tapioca congelada con que lo han recibido los sabios que contestan a ese tipo de llamadas.
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La gitana que hasta ahora me ha escuchado en silencio y con profunda atención, suelta una carcajada y yo también me rió bastante. Mientras se despide con un abrazo, pasa frente a nosotras un gato rayado. Ella me mira incrédula, asombrada, pero por si las moscas lo sale persiguiendo a toda velocidad.
Yo cruzo la calle, me consigo un buen expreso y sigo disfrutando de la tarde y de Cortázar.