Una disgresión, de alguien que pretende dedicarse a escribir. Una especie de collage irregular, con ideas, uno que otro chiste, algún titular de diario, canciones, inquietudes, cualquier cosa que me diga algo, y que le diga algo a los demás.

abril 13, 2009

Ahu Tongariki

Casi al final de una noche de luna llena emprendo camino rumbo a Ahu Tongariki.

Ruta totalmente desierta, solo un caballo se nos cruza, o más bien nosotros nos interponemos a él, en su lugar de descanso: el duerme en la mitad de la calle, donde lo pilló la noche o el cansancio, despreocupado de todo. Un susto más o menos, pero alcanzamos a esquivarlo a tiempo.

La noche ligeramente fresca, húmeda, la luz blanca de la luna, iluminando los cerros y los volcanes, que apenas se recortan sobre el cielo, se distingue poco, pero los contronos son hermosos.

Muchísimas, demasiadas estrellas, sobre las cabezas de los 15 moais de Ahu Tongariki, un Ahu que originalmente fue concebido para marcar el solsticio de verano, en ceremonias misteriosas, quizás sólo para iniciados, y que ahora visito para ver la salida del sol desde el mar, el amanecer en un punto de Rapa Nui, donde el sol emergerá desde la profundidad de las aguas, tiñendo todo de intensas tonalidades naranjas.

Pero casi no hay colores aún.

Ahora está todo en azules, grises, tonos oscuros apenas platinados con la precisión de la luz lunar.

Atrás imponentes las 15 figuras de piedra.

Al acercarnos puedo distinguir como las 15 sombras se proyectan en el piso, formando un semicírculo. Parece algo así como una reunión ancestral de moais, algo muy solemne, casi puedo sentir a esos espíritus discutiendo temas trascendentales.

Escucho susurros ininteligibles que me erizan la piel a pesar de que no comprendo ni una sola palabra.

Pregunto si alguien más de los tres presentes logra descifrar algo de la conversación que escucho, y sólo me contestan con un gran silencio.

El silencio es helado, como la piedra de esos moais que siguen mirándome con una distancia que me aterroriza pero a la vez me hechiza.

Rodeamos la plataforma, hasta quedar justo detrás de ellos, con el sonido del mar a nuestras espaldas. La panorámica es impresionante: en un primer plano la sombra de los moais formando un semi círculo producto de la luz o de un efecto óptico o qué se yo, atrás la plataforma horizontal con los 15 moais en línea uno junto al otro, cada uno con su carácter, con sus propias historias. Más atrás la silueta del Rano Raraku, el volcán que fue el centro del arte megalítico RapaNui, donde se esculpió la mayor parte de estos seres que siguen observándome.

Damos la vuelta nuevamente, ahora estamos de frente a los moai y si miro con atención puedo distinguir sus caras, sus rasgos. Ahora que observo bien, no están todos enojados, algunos incluso me sonríen, o sencillamente me observan neutros o devolviéndome la misma curiosidad con que yo los miro, son como un espejo también y me devuelven las emociones que estoy experimentando. Creo que uno me guiña un ojo, y esto me causa un ataque de risa, que corta el silencio de piedra abismal.


Ya más relajada de a poco empiezo a ver los primeros rayos del sol, emergiendo desde el mar !!!

Sorprendente, como lo soñé alguna vez cuando niña, cuando me pregunté si semejante imagen sería posible, y sí, efectivamente es posible, gracias a la magia de Rapa Nui.

No alcanzo a seguir pensando, a seguir perdiéndome en las ideas, pues la explosión de colores cubre todo en muy pocos minutos.

Todo ocre, todo naranjo, salpicado incluso de unos fucsias, todo muy vivo, muy alegre, y las siluetas negras de piedra recortadas como una capa de papel lustre sobre puesta.

Trato de grabar cada momento, cada sensación en mi corazón, en mi piel, quiero atesorar esta percepción para siempre en cada una de mis células, para poder recurrir a ella cuando necesite energizarme. Me concentro en interiorizar este momento, por que sé que ninguna foto, ni ningún relato será capaz de recrearlo, ni siquiera de aproximarse a esta vivencia.


Días después vuelvo a Ahu Tongariki, ya no al amanecer, a medio día, con el sol sobre las cabezas de los moai, y sobre la mía.

Y es hermoso también, y el azul del mar tiene más fuerza, pero se pierde bastante del misterio que viví el otro día.

Los 15 moai me parecen ahora mucho más amistosos, cercanos y menos gigantes.

Y me alegra verlos de pie, resucitados de alguna manera por los arqueólogos.

Pues en verdad fueron derribados durante el siglo XVII en un período de luchas entre las distintas tribus que habitaban la isla.

El azul del mar es muy intenso, entrecierro los ojos y siento el sonido de las olas.

Mi imaginación amplifica ese sonido, y puedo visualizar el mar enloquecido, desbordado, furioso, espumante, bañando los moais derribados. Así debe haber sido con el gran maremoto (tsunami) de mayo de 1960, los moasi deben haber sido arrastrándolos de un lado para otro como si fueran de papel, livianitos.

A todo eso han sobrevivido, y ahora abro los ojos y están frente a mí, sonriéndome nuevamente.

Parece que uno de los gigantes de piedra insiste en guiñarme un ojo, y me vuelvo a sentir exageradamente afortunada.

4 Comments:

Blogger boris said...

Roxiiiiiiiii
lindas fotos, colores
claro que me tinca

un abrazo

6:53 p. m.

 
Blogger Ma. Antonieta said...

Que el descueve, yo todavia no me repito el plato voy la ultima semana de Julio y te prometo que vere el amanecer en este lugar para ver si escucho las conversaciones. Sensacional!

8:46 p. m.

 
Blogger arawaco said...

Esfinges eternas inmutables ante el hombre,
susurrando a quien las mira,
con su espíritu erguido
por saecula saeculorum.

dime, ¿qué te susurraban?

1:09 p. m.

 
Blogger Ipnauj said...

Cuando uno va a la isla, en realidad, nunca vuelve al continente.

Un gran saludo.

2:22 p. m.

 

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